12 may 2010

Nocturne*

No podía explicar el vacío que sentía, aquí en el corazón de la bestia: éxito, luces brillantes, amigos bulliciosos, música… Siempre estaba ocurriendo alguna cosa. Todo ocurría tan deprisa… pero faltaba algo. Ella anhelaba algo estable. Algo que estuviera siempre ahí, invariable. La decisión se tomó. Todo se organizó. Se iría a casa.
El paisaje que veia por la ventanilla cambió de forma bastante repentina. Donde antes cada cosa era contigua a otra, ahora, todo estaba bastante aislado. Caía una tarde invernal que acentuó ese aire desolado. Lejos de todo, sintió la primera punzada de pánico.
Al bajar del tren, se burló de su estúpida imaginación: “¡Es absurdo!” y sintió entusiasmo ante la idea del corto paseo a pie que la esperaba desde la estación hasta su casa, cruzando el bosque.
¡Ah, el bosque! ¡Qué emocionante!
Se sentía como si fuera a embarcarse en una pequeña aventura.

De pie ante la boca del bosque, mirando hacia su larga y negra garganta, se adentró en él unos pasos y fue lentamente consumida.
Estaba oscureciendo y la luna, que aparecía a veces brevemente entre las ramas, era más una provocación que un consuelo.
No importaría si hubiera podido obligar a sus ojos a darle visión de túnel, pero todo estaba vivo a los lados y detrás de ella.
La siguiente punzada de pánico, que puso las cosas aún peor. El camino se estrechó, las ramas se acercaron y oyó el eco de mil navajas automáticas.
Los árboles habían sacado las garras.
Ya no fue solo una punzada de pánico esta vez.
¡Corre!
Escapó, escupió, por así decir, sin aliento. Se encontró en pie ante la puerta de su casa. Pronto estuvo dentro con la familia.
¿Decepcionada?.. Pues sí.
No le dieron la sonora bienvenida que esperaba y necesitaba. Sí, muy cariñosa y todos estaban ansiosos por oír todas sus historias, pero se sintió incómoda. Se sintió como si la estuvieran ahogando, con los planes que hacían para que se quedara no solo unos días, sino quizás una semana, o dos, o más, haciendo caso omiso de sus protestas, como si no estuviera, mientras posaban sobre ella miradas avariciosas y posesivas.

Cuando llegó la hora de la sustanciosa cena, se sintió aliviada. Tenía hambre.
“Mmmm”. ¡La comida de su madre!
La carne que cocinaba tenía un sabor único. Debía pedirle el secreto.
Sentada a la mesa de cara a su hermana y a su madre, las observó. Tenía la cabeza gacha, tan centradas en comer… ¡Qué concentración! Ella también tomó unos bocados, pero se encontró con que, sin saber por qué, había perdido el apetito. De vez en cuando, alzaban la vista y la encontraban mirando, con lo que la avergonzaban y la hacía sentir culpable. Pero no podía dejar de observarlas. Era de una fealdad fascinante: del tenedor a la boca y después vuelta al plato, interminablemente. Terminaron de cenar.
Aquella noche, el silencio fue insoportable, y su sueño se vio interrumpido al abrirse la puerta. ¿O seguía dormida? Todo era tan confuso… abrió los ojos y levantó la vista para ver a una figura que se alzaba a los pies de la cama. ¿Era su hermana? El silencio era total. El miedo le impidió gritar. La figura salió sigilosamente. Estaba fuera de sí. Echó a un lado las mantas y corrió escaleras abajo, encendiendo las luces mientra bajaba. Algo le hizo parar en seco frente a las puertas del cuarto delantero. Oyó las recriminaciones ahogadas de una disputa.
-“¡Es mío, es mío!”.
-“¡Dámelo!”.
Abrió la puerta y allí estaba su madre, a cuatro patas, con su hermana, tirando de algo crudo, rojo y goteante. Alzaron la mirada y su vista se encontró con la de ellas, lo que la dejó clavada en el sitio. Empezaron a acercarse, más… y más…
¡Llévame de vuelta! ¡Llévame de vuelta!
Mira al lugar al que has llegado, no al lugar del que procedes.

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